El arte como forma de realidad, la vida misma pasando a los ojos del artista, poniendo a su disposición todo lo conocido. El arte como forma de expresión, como virtud, como talento. El otro día me encontraba en una exposición de arte en la biblioteca Virgilio Barco y me gustó que, de cierto modo, el tema de la colección fue la soledad. Una soledad expresada a través del arte que trasciende fronteras. Una soledad necesaria que deja de ser el eterno némesis de la condición humana y se convierte en gran ayuda, sosteniendo el pincel del artista o incluso ayudando en la utilización de los colores. El autor de la colección explicaba que esos cuadros eran fruto de tardes enteras transcurridas en completa soledad y absoluto silencio, mientras trataba de dar forma visible a sus emociones y pensamientos, mientras hacia un convenio de compañía con la soledad de sus días. Me pareció fascinante cómo lo logró, es decir, pude percibir esa lucha interna, esa mezcla de sentimientos y contrariedades que tuvieron lugar las horas de concepción de las pinturas. Se sentía, incluso, en la sala de exposición, el contraste de la forma en la cual estaban distribuidos los cuadros con los pequeños detalles que podían pasar desapercibidos para una audiencia cualquiera, como un pequeño avión de papel presente en una gran cantidad de cuadros. En fin, me llega el arte, cualquier tipo de arte, en un mundo en el cual todos están tan ocupados buscando una red wifi próxima y libre el hecho de que aún existan personas dispuestas a aislarse socialmente de manera voluntaria para dar rienda suelta a sus sentimientos es algo de admirar, en cualquiera de las formas posibles de hacerlo, como la música, las letras y en éste caso la pintura.

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