"Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones" Silvio Rodríguez.
Era una noche clara y acogedora, aún había mucha gente en la calle y aquel ambiente la invitaba a intentar olvidar los pensamientos de su cabeza, buscar un poco de descanso.
Annabeth caminó sin destino algunas calles. Al cabo de un tiempo llegó a un parque cercano y decidió que aquel sería el lugar perfecto para sus reflexiones. Caminó hacia los columpios y antes de empezar a mecerse se soltó el cabello y se sintió libre.
Poco a poco dejó que los pensamientos vinieran a su cabeza en la medida en que comenzaba a tomar impulso. Se sentía sola, vacía y herida, no faltó mucho tiempo para que las lágrimas comenzaran a bajar por sus mejillas. Sin embargo, ésta era la mejor forma que encontraba para desahogarse y el lugar en el que se encontraba le otorgó seguridad y un poco de paz a sus sentimientos.
Se detuvo y dejando los malos pensamientos atrás dejó el parque y decidió pasear un rato por los alrededores.
Las calles estaban vacías, lo cual acentuó su sensación de soledad, pero no volvió a los pensamientos de antes. Admiró cada detalle que se posaba ante sus ojos mientras procuraba no acelerar el paso para no llegar tan pronto a casa.
Annabeth no comprendía por qué tenía tanta tristeza en el alma, las cosas no salían tan bien últimamente, pero dentro de cada día gris siempre había un instante de felicidad. Pequeños detalles que le daban fuerza y le hacían sonreír. Pequeños detalles que ese día no tenía.
Pero aquí es donde la historia da un giro inesperado, al menos para la pobre Annabeth.
Sepa usted que el karma, el azar o el destino son fuerzas que se divierten viendo palidecer a sus víctimas y como prueba de ello esta lo que pasó a continuación.
En medio de el camino de Annabeth, en la otra acera, se encontraba caminando en dirección opuesta a la suya la persona que en gran parte era causa de sus pesares.
Ante tan azaroso encuentro perdió la fuerza y se abandonó totalmente a sus emociones. Sintió los latidos de su corazón como puñaladas en el alma y algunas calles más adelante sucumbió al llanto.
Se sintió destrozada, pero solo había sido una desafortunada coincidencia en medio de un mal día.
Annabeth limpió sus lágrimas y regresó a su casa.
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