Violetta...
Le escribo porque es lo único que sé hacer bien. Porque las palabras construyen y me hacen sentir que la tengo cerca, pero más aún, le escribo porque sé que nunca va a leer estas líneas.
Ya no sé qué hacer ni qué pensar, parece que me encuentro preso en usted, los días que pasan son igual al anterior y no brilla para mí la luz del sol que calma la pena y los infortunios, sino que me encuentro sumergido en tinieblas, mientras que mi alma se ha alojado en un abismo de falsas esperanzas.
Y yo... yo ya no soy yo. Me encuentro dividido por dentro. Son tres los que pelean y tres los que quieren destruirme. Está quien muere de tristeza lentamente, aquel que la odia con todo el corazón y que desearía no volver a verla nunca más, y el que vive pensando que ésta realidad es sólo un espejismo o un mal sueño del cual pronto despertará. Los tres, dentro mío, tiran de mí como si fuera una cuerda.
Mi querida ingrata, soy un caos y un desastre, un condenado en vida, un alma abandonada sin consuelo.
Aún siento que la quiero, si hay un Dios que nos mira desde la inmensidad del universo, sé que él sabe lo mucho que la quiero; pero usted me hace daño, me hace mucho daño, me dejó solo con mis demonios, en el preciso momento en que más la necesito. Pero son cosas que pasan.
Por último, desde este rincón del olvido al que he caído me despido, no si antes desearle, mi querida dama, que sea feliz; y que encuentre lo que busca, que se encuentre a usted misma. Nunca olvide que existió alguien que la amó con gran pasión y que hoy se deja arrastrar por la huella de la desolación.
No me olvide, no me olvide nunca.
Suyo,
Alfredo.
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