sábado, 26 de noviembre de 2016

Reflexión II

Después de pensar en mí y de tratar de armar el rompecabezas de mi alma, pienso en él. 
En él, claro que en él. La otra mitad de la historia que inspira estas reflexiones. 

Ahora todas las canciones me recuerdan a él. Pero más allá de eso, cuando cierro los ojos vuelvo al día en que nos conocimos y el reloj se detiene. Lo recuerdo tan feliz de tenerme a su lado que todo vale la pena, aunque nada tenga sentido justo ahora. Pienso en las personas maravillosas que conocí gracias a él, a los lugares que visité, en las veces en las que me tomó de la mano –ese sólo gesto contenía todo el cariño de dos corazones– y me siento plena. Su paso por mi camino dejó tantas cosas buenas que es inevitable pensarlo, aunque aún no sepa cuál sea la mejor manera de cargar con su recuerdo sin que arda. El paso de las horas se ha vuelto distinto sin sus palabras. 

No puedo evitar quererlo –el cariño no es algo que se acaba de la noche a la mañana–, así como no puedo evitar preguntarme si está bien, si sueña por las noches, si siente frío en la madrugada, y si su alma siente tranquilidad y consuelo con la decisión tomada –así como la mía ahora empieza a descubrirlo–. ¿Cómo no pensar en él si hace parte de mí, en múltiples formas? 

Quiero poder entender a qué se refiere Fito cuando canta sobre el amor después del amor. El amor después del amor, después... ¿Qué es lo que viene después de un corazón roto? 

Sanación. Tiempo. Recuerdos. Esperanza. 

Desde lo más profundo de mi corazón prometo enviarle luz y amor cada vez que piense en él. Y dejarlo ir, sin cerrar la puerta. 


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