viernes, 25 de noviembre de 2016

Reflexión I

Me acaban de partir el corazón. 
Últimamente mi vida está de cabeza y siento que el único refugio que tengo son las palabras. No puedo dar un contexto sobre mi situación en general, porque son cosas muy horribles y personales. Pero, en una escala de uno a diez –siendo diez lo más malo– yo pondría un doce. 
Estoy tratando de encontrarme, y sé que buscarme en los demás no es la mejor forma de hacerlo. Pero es una manera. 

A veces la vida te carga de tantas cosas que terminas escondiéndote en los demás, y ese es un error muy grande. Las personas no son refugios sólidos. La vida da mil vueltas y un día te descubres llorando en Transmilenio por una historia de amor que salió mal. Pero luego te pones a pensar y descubres que no sólo lloras por eso, sino por muchas otras pérdidas y situaciones tristes, lo cual confunde bastante. 
Así me siento yo en este momento: rota, vacía, abandonada, triste, desesperanzada. Siento que algo se rompió, pero no sé muy bien qué o cómo arreglarlo. 

Hace un tiempo –en este mismo blog– escribí una guía para sobrevivir a las rupturas. Pero hoy no creo que me sirva de mucho, porque no siento que la tusa se deba a nadie más que a mí.  Sigo sin entender cómo amarme como es debido, y cómo volver a mí después de haber pasado tanto tiempo en alguien más. 
Lo único que sé es que después de llorar tanto no logro sentirme mejor. Hay una sensación de vacío que se apodera de mí. 

La verdad es que uno nunca está preparado para estas cosas. Nadie nunca está preparado para el abandono. 
En realidad escribo sobre la ruptura –y el dolor que genera– para camuflar dolores más grandes. 
Sentí la necesidad de escribir y hora estoy en mi habitación tratando de descubrir el porqué de muchas cosas en mi vida, como si escribiendo estas líneas pudiera encontrar la respuesta. Pero no es así como funciona la vida. Y sé muy bien que –al final– estoy sola. 

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