viernes, 27 de noviembre de 2015

Transporte público

I


Tenía miedo de encontrarte en mi diario vivir, hasta que noté tu ausencia. Entonces fue como si la lluvia me empapara el rostro. Tu sombra se había desvanecido en la oscuridad, pero de alguna manera jugaba a retenerte. No me malinterpretes, ahora que te vas mi mente será para ti un hogar de paso. No desempaques la maleta donde sabes que no te puedes quedar. 






II


Estás frente a mí, con tus ojos fijos en los míos y la taza de café acercándose a tu boca. Sonríes con esas sonrisas que tienen más carga de cinismo que de alegría mientras tu mano se desliza por la mesa tratando de alcanzar la mía que se aleja. Tienes más preguntas que yo respuestas, pero son las preguntas equivocadas. Tus ojos desvían la mirada y se pierden en la ventana. Suspiro y detallo tu rostro como nunca antes lo había hecho. Luces calmado, pero yo veo reflejado en cada uno de tus gestos el cansancio de un alma rota. De pronto me encuentro tratando de compadecerte, pero me doy cuenta de que no siento por ti nada más que desconfianza. Me miras de nuevo y tu boca pronuncia esas palabras que han estado tantas veces en la mente de otras. Finjo que te creo y sonrío con un poco de descaro. Mi expresión te satisface y te tranquilizas, piensas que me he creído todo el cuento y sigues con el café; lo que no sabes es que será tu último sorbo. 


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