Amo la oscuridad. Me encanta permanecer a oscuras mientras pienso en las cosas idiotas que suelo pensar, por ejemplo las personas que se van y la última vez que las veo. Me mato la cabeza pensando y recordando como si pudiera cambiar algo, como si eso me concediera más tiempo. Aún no he aprendido a vivir con el hecho de ser siempre pasajera en las vidas ajenas; siempre llego tarde y nunca me puedo quedar porque parten antes de que encuentre un lugar al cual aferrarme. Vivo a punta de ilusiones, de palabras que van siempre de ida y nunca de regreso. La peor parte de todo es que aunque sé eso no puedo evitar sentir, no puedo evitar quedar presa de cualquier gesto, palabra o caricia. Soy tan frágil que cualquier brisa me lleva lejos, entonces vuelvo a empezar de nuevo sólo que mirando otros ojos y en otros brazos, pero es siempre igual. Es una sucesión de cuerpos y almas que parece no tener fin.
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