El peso de la mañana cae sobre mis hombros y la luz del sol se abre paso por la rendija para apuntar directamente a mis ojos. La alarma suena, pero ya estoy despierta. Dormir bien es un lujo, y yo siempre duermo poco y mal. Mi vida nunca está en calma. Me levanto y siento aquella sensación de vacío, tan familiar, que me obliga a volver a la cama con la ilusión de dormir un poco más, aunque sé bien que no sirve de nada. Los minutos pasan y el mundo de lo onírico está cada vez más lejos, como lo están las estrellas que observo cada noche cuando fumo en la ventana de mi habitación, o como los recuerdos de la infancia que son tan borrosos. Trato de pensar en la noche anterior, pero es inútil. Decido volver a la cama y cierro los ojos mientras trato de recordar. Mi mente vaga por lugares que no tienen nada que ver con lo que busco, entonces me dejo llevar y pienso en mí. Imagino que soy otra. Si hubiera nacido en otro cuerpo, en otro país. Si mi cara no fuera mi cara, si mis ojos fueran azules en lugar de verdes, o si fueran cafés como la bebida que amas. Si mi voz fuera más grave, y mis manos más amables. Si eligiera un nombre al alzar y decidiera volver a nacer. Si el azar no me hubiera destinado a esta ciudad, en un barrio y casa específica. Si hubiera nacido un día anterior o un día después... si no hubiera nacido. Abro los ojos y me siento ajena a todo lo que me rodea. He vivido acá los últimos seis años de mi vida, pero no siento que sea mi hogar.
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